TERMINEMOS CON LAS MALAS PALABRAS

Buenos días queridos hermanos/as, bendiciones en el nombre de Cristo

¿Saben una cosa?, no puedo atravesar la jornada sin haber escuchado en algún lugar alguna “mala palabra”. Si no es en la vía pública, las escucho en los negocios que frecuento; si llego a la casa, me abordan en la televisión, la música, el internet, etc. Es la cosa más normal y, sin embargo, un hábito muy repugnante. Lo lamentable es que, los medios de difusión que, supuestamente, deberían dar cátedra de lenguaje son los que propagan las “malas palabras” como algo aceptable. Y es que hoy, con el cuento de la libertad de expresión, nos hemos olvidado de la necesidad del decoro y respeto común al expresarnos.

Hermano/a, yo no se si usted está habituado a incluir en su vocabulario diario las malas palabras, no digo aquellas que se escapan de repente, aunque también son malas (un pecado o muchos es la misma cosa), sino cuando tenemos la costumbre de hablar con ellas. Hay algunas cosas que debemos tener presente. Por un lado, son un acto de agresión violenta cuando las lanzamos contra una persona. Hoy muchos levantan la bandera de la “corrección política” al hablar y, sin embargo, he oído a muchos de esos abanderados lanzar insultos aberrantes con malas palabras. Y lamentablemente, esto incluye a cristianos también. Por el otro, hay quienes piensan que decir malas palabras los hace más, dirían algunos: macanudos, piolas, cancheros, cool, y cosas por el estilo. Pues bien, no. Las malas palabras lo hacen un maleducado y punto; no hay que tratar de civilizar algo que es vulgar y repugnante. Muchos se retuercen al escuchar eructar a una persona, pero no cuando escuchan malas palabras. Y, por último, la boca expresa a fin de cuentas lo que hay dentro del corazón de una persona. Esto lo dijo Jesucristo mismo en Mateo 15:18, “Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre” Irónicamente, muchos cristianos dicen amén a esas palabras del Señor, pero, incluyen en su vocabulario corriente las malas palabras.

Este hábito que muchos creen matiza las conversaciones es un hecho lamentable que, en lugar de elevar a las personas, las disminuye. Por algo reaccionamos negativamente cuando alguien nos insulta con malas palabras. Por eso, antes de abrir la boca, tome un segundo para pensar, no solo en lo que dice, sino cómo lo va a decir y, por favor, excluya las malas palabras. Recuerde que después de todo, somo hijos de Dios y, por ende, santos. Eso debe incluir nuestro propio lenguaje. Considérelo.

El Pastor


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